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Gavoto, L., Terceiro, D., & Terrasa, S. A. (2020). Pantallas, niños y confinamiento en pandemia: ¿debemos limitar su exposición?. Evidencia, Actualizacion En La práctica Ambulatoria, 23(4), e002097. Recuperado a partir de http://evidencia.org/index.php/Evidencia/article/view/6897

Resumen

Desde la aparición del cine, hace más de un siglo, hasta la actual invasión de dispositivos móviles, la velocidad en la evolución de las pantallas ha sido exponencial, y se ha acompañado de nuevas formas de consumir medios audiovisuales, de comunicarnos y de administrar nuestro tiempo de ocio. Las aplicaciones han dado un salto desde la computadora de escritorio a los smartphones, lo que facilitó su acceso en cualquier lugar y momento, haciendo que los niños y adolescentes de hoy (generación Z, nativos digitales y neodigitales) tengan más acceso a medios electrónicos que cualquier otra generación previa. En paralelo, ha crecido la preocupación por el efecto que estas pantallas podrían tener sobre el desarrollo infantil. A partir de los resultados de varias investigaciones, diferentes entidades desarrollaron recomendaciones sobre el uso de pantallas en niños, fijando la mayoría de ellas un límite “seguro” de consumo de dos horas al día. Sin embargo, la evidencia que las respalda es muy débil. Dada la actual situación de pandemia, que obliga a confinarnos en nuestros hogares, alejados físicamente de otras personas y sin acceso a actividades recreativas en el exterior, la mayoría de estas recomendaciones suenan bastante limitantes y difíciles de cumplir. Este artículo propone: 1) repasar la información disponible sobre el consumo de pantallas en niños, 2) exponer la evidencia que respalda las actuales recomendaciones de diferentes instituciones respecto de su uso, 3) evaluarla críticamente, visibilizando los vacíos de conocimiento, para jerarquizarlos a la hora de aconsejar sobre crianza a las familias que atendemos.

Evolución de las pantallas

Desde la aparición del cine a fines de siglo XIX hasta el día de hoy, la evolución de las pantallas ha sido exponencial. La tecnología ha transformado nuestra cultura y nuestros hábitos, ya que la evolución de los medios audiovisuales basados en Internet (Youtube, Netflix, etc.), sumada a la invasión de dispositivos móviles, ha generado nuevas formas de consumo, de comunicación1 y de administración de nuestro tiempo de ocio.

Los programas de software o aplicaciones han dado un salto desde la computadora de escritorio a los smartphones, lo que facilitó el acceso en cualquier momento y lugar, haciendo que los niños y adolescentes de hoy (generación Z, nativos digitales y neodigitales) tengan más acceso a los medios electrónicos que cualquier otra generación previa.

En paralelo, ha crecido la preocupación por el efecto que el uso de estas pantallas podría tener sobre la salud infantil, lo que motivó la realización de numerosos estudios sobre el impacto de las nuevas tecnologías entre los menores, analizando sus beneficios, su uso abusivo, sus riesgos y los daños que pudieran ocasionar.

Evidencia previa a la pandemia de COVID-19 sobre la posesión y la utilización de pantallas

Según un estudio transversal llevado a cabo en los EE.UU. y publicado en 2007, el 90 % de los padres informaron que sus hijos menores de dos años consumían alguna forma de medios electrónicos2 y que para la edad de tres años, casi un tercio de ellos tenían un televisor en su dormitorio3. La situación en Argentina parece no diferir, ya que un estudio transversal realizado en 2016 en Río Cuarto, provincia de Córdoba, observó que de los 160 hogares encuestados, 99 % tenía televisión y smartphones. Antes de los dos años de edad, el 80 % de los niños miraba televisión y 37 % utilizaba pantallas táctiles con ayuda, mientras que entre los dos y los cuatro años, 39% utilizaba pantallas sin ayuda4. Según el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC), el 81 % de los niños argentinos mayores de cuatro años utiliza teléfonos celulares 5.

El último estudio publicado sobre esta temática (en 2019, poco antes del comienzo de la pandemia de COVID-19) fue llevado a cabo en Turquía6, con resultados similares: el 76 % de 422 niños de hasta cinco años de edad se había expuesto a algún dispositivo móvil. El 21% de estos niños era menor de 12 meses de edad, y el 31 % de ellos era “propietario” de algún dispositivo móvil (dos tercios de ellos, de tablets). Se observó una correlación inversa entre la posesión de una tablet y los ingresos del hogar y el nivel educativo materno. El 26% de los niños usaban múltiples dispositivos móviles de manera simultánea y el 22 % nunca había recibido ayuda para navegar. La actividad registrada con mayor frecuencia fue la de mirar videos (71 %).

El 60 % de los padres permitían a sus niños usar estos aparatos mientras ellos se dedicaban a realizar tareas diarias o quehaceres domésticos. La gran mayoría (91 %) reportó nunca haber recibido información por parte de un médico sobre los potenciales efectos de estos dispositivos sobre los niños.

El consumo de pantallas durante la pandemia de COVID-19

Es muy probable que la actual situación de aislamiento social en el contexto de las medidas sanitarias implementadas debido a la pandemia de COVID-19 haya modificado los patrones de consumo de los dispositivos de pantallas. Si bien todavía no contamos con conocimientos provenientes de investigaciones revisadas por pares al respecto, varios artículos periodísticos7, 8, 9, 10, 11 informaron que ha habido un aumento considerable en el número de usuarios diarios de juegos digitales, las redes sociales y las plataformas de streaming (tecnología que permite ver y oír contenidos que se transmiten desde internet u otra red sin tener que descargar previamente los datos al dispositivo desde el que se visualiza y oye el archivo), con importantes incrementos en la facturación de las empresas dedicadas a estos rubros de entretenimiento digital.

Efecto de las pantallas sobre la salud infantil

Con la evolución de las pantallas -“fijas” en un principio (cine, TV, computadora) y móviles después (tablets, iPad, smartphones)-, el foco de las investigaciones se ha desplazado desde buscar una asociación de su uso con el sedentarismo y la obesidad, hacia el de evaluar algún impacto (positivo o negativo) sobre el neurodesarrollo.

Fue con la contribución de estas investigaciones primarias que diferentes sociedades científicas comenzaron a emitir recomendaciones sobre el uso de pantallas por los niños (ver Table 1). Por ejemplo, la Sociedad Canadiense por la Fisiología del Ejercicio publicó dos guías, basadas cada una de ellas en cuatro revisiones sistemáticas que integran toda la información existente hasta ese momento sobre actividad física, conductas sedentarias y sueño para niños de 0 a 4 años de edad12, y para niños de 5 a 17 años de edad 13. Vale destacar que la Sociedad Canadiense de Pediatría, la Organización Mundial de la Salud y el Departamento de Salud de Australia basan sus recomendaciones sobre estas guías.

Más recientemente, en 2018, el Colegio Real de Pediatría y Salud del Niño del Reino Unido publicó la primera guía sobre uso de pantallas 14. Sus conclusiones se basaron en los resultados de una revisión panorámica15, que fue la primera en incluir evidencia respecto de los daños y beneficios sobre la salud y el bienestar, tanto en niños como en jóvenes, en función del tiempo de exposición a las pantallas. Sus principales resultados se resumen en la Table 2.

La evidencia fue débil para las asociaciones entre el tiempo de uso de pantallas y los problemas de conducta, ansiedad, hiperactividad e inatención, baja autoestima, nivel bajo de bienestar, peor salud psicosocial, síndrome metabólico, peor estado físico cardiorrespiratorio, peor desarrollo cognitivo, menores logros educativos y peor calidad de sueño. Por otro lado, no se encontró evidencia, o bien ésta fue insuficiente, para una asociación entre el tiempo de uso de pantallas y los trastornos de la conducta alimentaria, ideaciones suicidas, factores de riesgo cardiovascular individual, prevalencia de asma o dolor. Fue también débil la evidencia que indica que el uso de pantallas durante breves períodos diarios no sería dañino y hasta tendría algún beneficio (tampoco hay evidencia de umbrales temporales).

Basándose en estos hallazgos, la guía para el uso de pantallas del Colegio Real de Pediatría y Salud del Niño del Reino Unido14consensuó no fijar límites estrictos, sino que, brindando la información de la que se dispone hasta el momento, propone que cada familia junto al médico “diagnostique” su situación con respecto a las pantallas y tome las medidas que considere apropiadas.

En nuestra revisión, no hemos identificado investigaciones originales que hayan abordado esta problemática en el contexto actual de confinamiento social debido a la pandemia por COVID-19. Sin embargo, como anticipamos al comienzo de este texto, sí han aparecido numerosos artículos de opinión 16, 17, 18, 19, 20 en los cuales pediatras, psicólogos y epidemiólogos recomiendan hacer un uso racional de las pantallas prestando especial atención a la selección y/o supervisión de los contenidos a los que se exponen los niños y los adolescentes, por sobre el establecimiento de límites de tiempo de uso.

Una mirada crítica sobre la evidencia

Más allá de la evidencia que acabamos de describir, tanto la población general como los profesionales de la salud venían percibiendo como algo negativo el uso prolongado de dispositivos de pantalla por parte de niños y adolescentes. Antes de la pandemia por COVID-19 era frecuente ver notas en los medios de comunicación sobre los efectos adversos de las pantallas sobre el sueño, la dieta, la interacción social y la vida familiar. Sin embargo, como acabamos de describir, la evidencia que respalda esta percepción es limitada y se ve a menudo nublada por potenciales factores confundidores, como el nivel socioeconómico y los comportamientos negativos asociados al uso de pantalla, como el “picoteo” y la actitud sedentaria. Dicho de otra forma, aún está en debate si los potenciales daños o efectos adversos que se atribuyen al uso de prolongado de pantallas reflejan realmente un mecanismo causal provocado por su uso, o por el contrario, simplemente son manifestaciones de fenómenos más complejos, como la falta de control por parte de los padres respecto de las actividades que realizan sus hijos, o bien la mera consecuencia de que quien usa los dispositivos de pantallas durante más tiempo dedica menos tiempo, por ejemplo, a realizar actividad física.

Por otro lado, el término tiempo de pantallas es engañoso e involucra, como hemos visto, a múltiples tecnologías, algunas más antiguas y otras más nuevas. A esto se le suma que ha cambiado también la manera en que niños y jóvenes reciben y digieren el contenido que se les ofrece, ya que a lo largo de las últimas décadas estos dispositivos han ido evolucionando desde la necesidad de contar con un espectador predominantemente pasivo (televisión) hacia la posibilidad de involucrar a éste en actividades que le permitan interactuar con los contenidos ofrecidos, con las consiguientes mayores probabilidades de generar oportunidades de aprendizaje y/o de desarrollo de funciones psicomotrices. Por esas razones podría ser útil distinguir entre tiempo de pantallas activo y pasivo.

En este marco, Edelson et al.21 encontraron una asociación negativa entre el nivel de fuerza física o funcional y el tiempo dedicado a ver televisión, pero no con el uso de la computadora o de videojuegos.

Asimismo, las ventajas de ser un “alfabetizado en tecnología” desde una edad temprana, no fueron en general incluidas hasta ahora como medidas de resultado en las investigaciones sobre esta materia, lo que representa un vacío en la información. De más está aclarar que estos potenciales beneficios deben ser interpretados en un contexto amplio, para lo cual serán fundamentales el seguimiento a largo plazo de poblaciones nativas digitales, así como el control de las potenciales estructuras de confusión para poder comprender el efecto causal que pueda implicar la magnitud del tiempo de exposición de un niño a pantallas desde edades tempranas.

Más allá de que la mayor atención ha estado históricamente enfocada en el efecto que tienen las pantallas sobre niños y jóvenes, no hay que olvidar que gran parte de los adultos pasamos muchas horas en el trabajo y en nuestra casa mirando una pantalla de computadora, tablet o celular. En este sentido, una revisión sistemática del 2015 documentó que el factor más importante para reducir el tiempo de pantallas en niños y jóvenes es que sus padres disminuyan su propio tiempo frente a estos dispositivos22.

Edad Entidad Recomendación
Menores de 2 años Sociedad Argentina de Pediatría 23 Desaconsejado antes de los 18 m. Uso bajo supervisión de contenidos: 18 a 24 m.
American Academy of Pediatrics 24 Desaconsejado antes de los 18 m. Uso bajo supervisión de contenidos: 18 a 24 m (video-chat permitido)
Asociación Española de Pediatría 25 Desaconsejado antes de los 18 m. Uso bajo supervisión de contenidos: 18 a 24 m (video-chat permitido)
Canadian Paediatric Society 26 Uso desaconsejado.
Royal College of Paediatrics and Child Health 14 Exposición regulada por la familia.
Dos a cinco años Sociedad Argentina de Pediatría 23 Hasta 1 h/día. Supervisión y acompañamiento.
American Academy of Pediatrics 27 Hasta 1 h de programación de alta calidad en presencia de los padres. Desaconsejado durante las comidas y cuando falta menos de una hora para irse a dormir.
Canadian Paediatric Society 26 Hasta 1 h/día. Evitar pantallas una hora antes de irse a dormir.
Royal College of Paediatrics and Child Health 14 Exposición regulada por la familia.
Cinco a 18 años Sociedad Argentina de Pediatría 23 Establecer un lugar dentro de la casa que no contenga pantallas y un plan de uso familiar
American Academy of Pediatrics 28 Desarrollar y seguir un plan familiar de uso de medios en presencia de los padres (fijar un límite de horas/día, tipo de medios y contenidos, designar un tiempo y lugar libre de medios). Evitar dispositivos en la habitación y uso de pantallas 1 h antes de irse a dormir. Desaconseja uso de pantallas mientras se hace la tarea
Asociación Española de Pediatría 25 -
Canadian Paediatric Society 29 Hasta 2 h/día.
Royal College of Paediatrics and Child Health 14 Exposición regulada por la familia.
Table 1.Resumen de las recomendaciones sobre uso de pantallas en la infancia emitidas por las sociedades científicas.

Aspectos Desenlaces Grado de evidencia
Nutricionales Mayor obesidad/adiposidad Moderadamente fuerte
Peor calidad de la dieta/mayor ingesta calórica Moderada
Psicosociales Peor calidad de vida Moderada
Peor estado de ánimo Moderadamente fuerte
Table 2.Asociaciones identificadas entre el tiempo de exposición a pantallas y diferentes desenlaces.

A modo de conclusión

Incluso antes de desatarse la pandemia de COVID-19, tanto voces internacionales30 como locales31 habían comenzado a cuestionar la factibilidad de la implementación de este tipo de recomendaciones32, así como la calidad de la evidencia que las respaldan.

Teniendo en cuenta que la evidencia proviene de artículos tan antiguos como 199315, época en la que la única pantalla que predominaba era la de los televisores, los resultados de dichos trabajos podrían no ajustarse a la realidad actual. Consideramos que todavía existen importantes interrogantes respecto de la verdadera magnitud de los potenciales daños y beneficios de las pantallas y esto no debe resultar un dato menor a la hora de aconsejar a los padres sobre un tema tan sensible como lo es la crianza de sus hijos, e incluso de generar recomendaciones poblacionales. Creemos que abrir el espacio a la duda, a la reflexión y a la autocrítica en este sentido, es mucho más valioso que ajustarse en forma ciega e irreflexiva a cualquier guía de práctica clínica.

Citas

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